Contaminación y calle eran lo mismo, suciedad, aguas negras y chancletas olorosos hablando pestes de otras pestes. Caminaba de aquí para allá esperándote tratando de acomodarme en un lugar pero todo olía a cloaca. Pero en el momento menos esperado, mi nariz se endulzó con el purificador aroma de la mandarina. Una mandarina llorona desollada por unas manitas arrugadas y cansadas. En ese momento pude encontrar la entrada al cielo, al cielo de tu presencia.

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