La semana pasada conocí
un par de argentinos, Nico y Euge. Gente excelente vinieron a mi país
a enseñar tango a los que tratamos de hablar con el cuerpo a
través del baile. El par de días que fui a los talleres me percaté
de los códigos tan distintos que usamos al hablar el español.
Aunque sea el mismo idioma, es muy distinto. Ellos con su lunfardo y
nosotros con el pachuco podríamos llegar a un engarrotamiento
semántico donde yo no entiendo el “che, hacé un firulete
con la gamba” y ellos se pierden con mi “Mae ¿cómo
está la jugada tosty? es que estoy detrás del lopa”.
Puede ser que estos
códigos nacieron para identificarse con un grupo determinado o lo
que viene a ser lo mismo, como defensa o forma de excluir a las
personas que no pertenecen a este. Pero contrario a esto, es muy interesante como mas bien sirven para incrementar los lazos entre dos desconocidos cuando se comparten
estas formas de hablar, cómo nos reímos y nos asustamos por estas palabras que tienen todo un
significado, que transmiten parte del diario vivir de un pueblo y su
gente.

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